jueves, 16 de octubre de 2008

Pessoa

Septiembre de 2008

Fernando Pessoa, 120 años


El mito empieza tras su muerte con el descubrimiento del baúl en el que el poeta guardaba sus textos inéditos -sólo publicó un libro en vida-, más de 20.000

El 13 de junio de 2008 se cumplieron 120 años del nacimiento de Fernando Pessoa, el escritor portugués más célebre del siglo XX, al que más páginas ha consagrado la crítica literaria, el que más ediciones conoce. Este poeta singular, llamado a convertirse en el referente inmediato de la literatura portuguesa en el mundo, al lado del clásico Camões, nació el día de San Antonio de 1888 en la plaza de San Carlos de Lisboa, ciudad en la que moriría el 30 de septiembre de 1935. Un referente que es, en su país, mucho más que eso, pues su nombre y su retrato se han convertido en algo así como un icono de Lisboa y de Portugal, una seña de identidad más para un país que recurre como pocos al baúl de las tradiciones para afirmar su presencia en el mundo.
Fernando Pessoa fue, ante todo, lisboeta. Un lisboeta universal. Desde que regresó a la capital portuguesa en su adolescencia (tras haber sido educado en Durban, África del Sur, en un colegio inglés), el joven Fernando António Nogueira Pessoa nunca más abandonó la ciudad del Tajo, convirtiéndose en un avezado viajero por su geografía urbana, gracias a sus numerosos paseos a pie y a sus frecuentes cambios de domicilio (tuvo catorce residencias diferentes en la ciudad). Su vida estuvo marcada por lo azaroso de sus relaciones personales, traumatizadas desde su más tierna infancia por la presencia de la muerte, que se llevó a su padre -cuando el niño Fernando tenía sólo cinco años- y, más tarde, a alguno de sus hermanos. En ese contexto, el poeta vivió acompañado por sus tías maternas, en un entorno en el que la cercanía de la locura de su tía-abuela y la oscura compañía de sus restantes tías se convirtieron en una sombra de huellas profundas en su vida. Acostumbrado a la soledad, con los ecos fantasmales de sus tías de luto permanente resonando en su mente de niño, Fernando Pessoa comenzó a jugar con otros niños que sólo existían dentro de su imaginación, pero que tenían nombre y apellidos y que se comunicaban con él a través de breves cartas y recados. Empezó a escribir. Y nunca más volvería a sentirse solo.
Empleado comercial en su fase adulta, dedicó la mayor parte de sus días a traducir y redactar cartas y contratos para diferentes empresas. Fue, podríamos decir, un funcionario gris. Un funcionario cuya vida real, la auténtica, comenzaba cuando finalizaba su horario de trabajo y se entregaba por entero al mundo de la literatura. Pessoa, que llegó incluso a renunciar a una notable mejora laboral para tener más tiempo para escribir, tuvo siempre claro cuál era su prioridad, cuál era el destino al que se debía: ser el escritor más importante de su tiempo. Y el tiempo, su gran aliado desde su temprana muerte, se va empeñando día a día en que lo consiga.

Influyente creador

Resulta paradójico pensar, sin embargo, que Fernando Pessoa, el autor más importante de la literatura portuguesa del siglo XX y, sin lugar a dudas, uno de los creadores más influyentes de la modernidad en el mundo occidental, sólo publicó un pequeño libro de poemas en su vida. Autor de una obra profusa, que toca casi todos los géneros, Pessoa entrega sus poemas durante su vida en las páginas de las revistas literarias de la época, con colaboraciones en A Águia, Orpheu, Athena o Presença, es decir, en las publicaciones más importantes del medio literario. ¿Le valió esto para ganarse el reconocimiento del público de los primeros años del siglo XX en su país? Sin duda la respuesta es negativa, pues el poeta, a pesar de contar con un importante número de «seguidores» entre los escritores de su generación, y a pesar de ser consagrado como maestro por la generación siguiente (los hombres vinculados a la revista Presença, contemporáneos de la Generación del 27 española), nunca gozó del favor del público por la simple razón de que sólo conoció un libro en vida, en 1934, poco antes de su muerte, y gracias a un premio de consolación recibido en un concurso literario en el que conocía a parte del jurado. El título de ese libro, sin embargo, es revelador: 'Mensaje'.
Por ello, Pessoa representa también esa cara de escritor «oculto» «maldito», su retrato escenifica perfectamente la verdadera dimensión de la hoguera de las vanidades del medio y del canon literario. (Un ejemplo entre paréntesis que es una reflexión sobre la vanidad y la gloria póstuma: el único escritor español que trató personalmente al escritor portugués fue el poeta Adriano del Valle, una de las voces aclamadas por el régimen franquista, que vendía decenas de ediciones de sus numerosos libros de poemas, y que hoy es un autor completamente olvidado para el canon; Pessoa, que tan sólo publicó un pequeño libro en su vida, forma parte de cualquier canon riguroso de la literatura universal de su siglo).
El mito de Fernando Pessoa, es verdad, empieza tras su muerte, con el descubrimiento del baúl en el que el poeta guardaba sus textos inéditos, que sobrepasan ampliamente los veinte mil. Un volumen ingente de textos que tocan la práctica totalidad de géneros (poesía, narrativa, drama, ensayo, traducción ) y de temas: literatura, sociología, política, estética, artes, filosofía, ocultismo Gracias a este extraordinario legado, y al enorme trabajo de reconstrucción de la totalidad de estos libros, Pessoa ha conseguido convertirse en el referente inmediato de la modernidad literaria. Por todo esto y por mucho más.