jueves, 14 de enero de 2010

La poesía te enseña a vivir

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LAS PROVINCIAS, 7 de diciembre de 2009

Vicente Gallego. Poeta

«La poesía te enseña a vivir, ¿por qué pedirle un sueldo?»

El ganador del premio Loewe trabaja en un texto sobre la inexistencia del tiempo y la renuncia a la imagen de la persona

BURGUERA dburguera@lasprovincias.es | VALENCIA.

El valenciano Vicente Gallego ganó el Loewe en 2001, el premio más prestigioso de la poesía española. La noticia quedó eclipsada por una anécdota: el poeta era y es, además, funcionario en un vertedero. Tanto su obra poética anterior como la posterior al premio evidencian que Gallego es cualquier cosa menos alguien sumido en la anécdota. No escribe poemas desde hace dos años. Ahí quedaron poemarios contundentes, vivos. Su discurso es una apuesta por la profundidad, sin concesiones a lo superfluo. Aquí queda.

-¿Se puede vivir de la poesía?

-La poesía enseña a vivir. Poder vivir de la poesía es difícil porque los libros de poesía se venden poco. Se puede llegar a vivir de todo lo que rodea al mundo de la poesía: conferencias, ser jurado, escribir en los periódicos. No obstante, yo estoy convencido de que eso es lo de menos. La poesía nos enseña a vivir y nos da amigos. ¿Si nos permite entender la vida y nos da amigos, por qué pedirle, además, un sueldo?

-¿Tener un oficio alejado de la literatura dispersa o enriquece al poeta?

-Cada poeta es un mundo. A mí, tener un trabajo fuera de lo literario me permite no esclavizarme a lo literario. No tengo necesidad de escribir en la prensa para comer, ni necesidad de decir a todo que sí para escribir aquello que necesito, porque para mí la escritura más que un capricho es una necesidad.

-Ha publicado un poemario cada tres años, ¿desconfía de los autores con ritmo anual?

-No desconfío de nadie. Cada cual lleva su proceso, su ritmo y no por publicar más se pierde calidad. Se dice que la literatura requiere de paciencia y reposo, y suele ser así. La norma general es que el que tarda más suele ser más exquisito y autoexigente, pero es una regla llena de excepciones.

-¿Qué proceso sigue usted?

-Pues un proceso bastante natural. No escribo buscando el libro, sino que el libro viene a mí. Yo no sé si volveré a escribir poesía de nuevo. Eso depende de la poesía, porque no es el poeta el que escribe, sino que es la poesía el que llama al poeta. Cuando empecé sí tenía un proyecto previo, pero ahora no. A lo mejor me paso tres años sin escribir poemas y, de repente, aparece una emoción que me empuja.

-¿Y actualmente qué escribe?

-Prosa, no poesía. Un tono poético, pero prosa. Poesía hace un par de años que no escribo.

-Se cuenta desde hace años que prepara un segundo volumen de relatos, ¿es cierto?

-No. A lo mejor se anunció en alguna contraportada, pero no estoy escribiendo relatos.

-¿Dónde se esconde la pasión que le obliga a trabajar las palabras?

-Esa pasión es la de ser y expresar ese misterio, porque si en nosotros hay algo inexpresable es el ser.

-¿Cómo va su batalla contra el ejército del tiempo?

-Para mí el tiempo no existe.

-Pues es una suerte, ¿cómo lo ha conseguido?

-El tiempo existe como idea, pero todo sucede en el presente. Desde que me di cuenta de eso, y de otra cosa más, estoy liberado del tiempo. Aquello que nosotros percibimos lo hacemos en presente. Nuestra esencia, por tanto, está fuera del tiempo. El tiempo no existe como ente objetivo, sino que ilustra, de manera relativa, aquello que fuimos. Yo veo un sólo ser para todos, el de la conciencia de ser.

-¿Y de qué otra cosa se percató?

-Que los demás me ven más simpático o menos dependiendo de lo que haga, pero eso es algo ajeno, de lo que yo me he preocupado hasta que he comprendido que es absurdo pensar en una imagen que cambia a cada instante. De esto trata lo que estoy escribiendo ahora, de la renuncia a la persona en favor de lo que es igual en todos nosotros: tu conciencia del ser. Las personas somos manifestaciones de esa conciencia, y cuando entiendes esa inexistencia del tiempo y lo aleatorio de la idea que tienen de ti los demás, te sumes en un estado de absoluta contemplación, porque los juicios pierden valor, y eso es la paz.

-¿Cuándo se dio cuenta de eso?

-En el terreno de lo relativo, la percepción se produjo hace tres años, la comprensión de que las personas no somos nada tal y como nos imaginamos, separadas del ser. Cuando comprendí que Vicente Gallego no es nada más que un pensamiento en la cabeza de cada cual, entendí que los demás tampoco lo son, y que todos somos lo mismo. Lo que nos hace diferentes no es significativo, no tiene importancia. La única verdad: yo soy. Eso es innegable. -Ha sido traducido a varios idiomas, ¿es posible preservar el esfuerzo creativo al ser traducido?

-Debe ocurrir un milagro para que un poeta llegue en otra lengua al nivel de lo que consigue en la original. Además, depende del estilo. Poetas conceptuales son más traducibles, pero Lorca, que es el milagro del lenguaje, es muy difícil de traducir. Nunca he perseguido una traducción, pero no pongo impedimentos. Debe juntarse un gran traductor y un poeta de unas características muy determinadas. La prosa es más perceptible, pero cuando leo a Rilke, la mayoría de veces, siento que me roban la cartera. Al menos tengo la posibilidad de leer a medio Rilke o una parte de él.

-¿Hay razones para que tres valencianos aparezcan como ganadores del Premio Loewe durante la presente década?

-Nunca he pensado en eso. La vida está hecha de azar, destino... De ese poder que está más allá de nuestro control y que actúa constantemente, y es por eso que se juntan generaciones como la del 27 o que en Valencia coincide un grupo poético. Es parte de la perplejidad de la vida.

-No es usted muy amigo de la popularidad, sin embargo, en su poesía se desnuda ¿es contradictorio?

-No. La fama es una de las cosas más detestables que te puedan pasar, está llena de vacuidad y perseguirla más allá de los 20 años es no haberse enterado de nada.

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