martes, 19 de abril de 2022

Presentación de Transparencias en Albacete


Antes de entrar de lleno en el asunto, quisiera hacer unas observaciones sobre lo que, a mi juicio, no debe o no debería ser la presentación de un libro. Primeramente, no debería reducirse a una mera operación comercial en la que se solicita la intervención de un escritor famoso o intelectual de reconocido prestigio para que, con su sola presencia, y en muchos casos con sus excesos laudatorios, avale y propicie la venta de un determinado producto editorial, a veces de dudosa reputación literaria.

Tampoco, incluso a pesar de que sea legítimo, debería servir de motivo o pretexto para que el presentador se embarque en especulaciones más o menos brillantes, intrínsecamente valiosas, pero cuyo interés radica en algo difícilmente conciliable con la obra que dio pie a tales aventuras. Es un deber elemental de cortesía. Por último, hay que evitar, en la medida de lo posible, todo juicio de valor, ardua tarea ésta, pues como afirma Borges de los prólogos, también la presentación de un libro puede ser una forma subsidiaria, una especie lateral de la crítica.

En un acto de estas características el único y absoluto protagonista debe ser el libro. No ocurra como en tantas inauguraciones de muestras pictóricas en las que son los cuadros, probablemente con ironía y resignación, los que contemplan la feria mundana de los supuestos espectadores. Del autor, sólo la información indispensable sobre todo si ya es bastante conocido. por lo que respecta al presentador, debe ceñirse al libro, eliminando toda veleidad y lucimiento de estrella para tender, si es que puede, a lo invisible. No voy a extenderme más sobre esta cuestión por coherencia con el segundo de los principios citados, así que paso sin más dilaciones al objeto que nos ocupa.

Ricardo Fernández Moyano, poeta albaceteño, de Minaya, aunque residente ahora en Zaragoza, había publicado anteriormente, editado por la Diputación de Albacete, Tras la huella del tiempo, un cuaderno con el suficiente número de poemas como para no considerarlo una simple plaquette; poemas la mayoría de corte amoroso, en los que podíamos leer algunos versos excelentes, por ejemplo éstos: “Pero tú no lloras / tiemblas en la tempestad de un / susurro”, o “Y ahora, / a un paso de tus ojos / contigo todo tiene nombre”. Este cuaderno era un adelanto, un borrador del libro que hoy presentamos, aunque unitario y con entidad propia. Transparencias se inicia con una cita de Ángel Guinda, que proporciona el título al libro y dice: “Desde el olvido emito señales / transparentes de ausencia, que el misterio / propaga, para poder seguir viviendo.”, y concluye con unos versos de Javier Salvago: “Todo lo que has vivido te advierte y te revela / justo que estas cruzando la invisible frontera, / donde el tiempo se vuelve de espaldas y comienza / la cuenta atrás: de un reino de previstas sorpresas”. En estas dos citas queda condensada sucintamente la situación desde la que Fernández Moyano escribe. Se trata de una situación fronteriza, y el libro transparenta las señales de un naufragio existencial, el naufragio que todos padecemos cuando pisamos el umbral de la madurez. Es el momento de la pérdida – para decirlo con la famosa expresión de Wordsworth – del "esplendor en la hierba” y del ingreso en el árido paraje del desgaste y la rutina, cuando ya el futuro se presiente como un insulso reino de previstas sorpresas. Pero el hombre que nos habla en estos poemas está lejos de amilanarse o rendirse, y mucho menos de caer en las simas de la desesperación. Dotado de una voluntad indomable de supervivencia y de un vitalismo exasperado que, a veces, linda con el irracionalismo, se mantiene a flote en medio de los fragores de la tormenta. cuenta para ello con ciertas ayudas inestimables, con tres diques alzados contra la riada devastadora del tiempo: el recuerdo de los días felices, el amor presente y la presencia luminosa de la poesía. Sabe, no obstante que los recuerdos no bastan; que sumirse en el pasado no es suficiente, ya que “morir es sólo vivir en el recuerdo”, y se entrega a una apasionada exaltación del Carpe diem. En el poema “Ahora”, el penúltimo del libro, pero que merece ser el broche final, funde eficazmente este motivo con el de su fe en la poesía y puede exclamar con versos jubilosos y un orgullo entrañable: “Sólo se vive un día, éste / que ahora lees gozosa / estos versos que hay en tus manos”.

Sorprende en este libro intimista y autobiográfico –aunque poco anecdótico, pudoroso, reticente – el escaso empleo de la primera persona, del yo, sustituido en una buena cantidad de poemas por la segunda y tercera persona del singular. Creo que obedece a un afán de objetivación y a las raíces cordiales, solidarias, de las que parte Fernández Moyano. No hay que olvidar, en este sentido, la breve poética que sirve de pórtico a estas Transparencias, donde el autor declara que el último fin de su poesía es “acompañar soledades”.

No es un poemario de imágenes brillantes, ni de gran aparato verbal. Su lenguaje tiende a la desnudez. “En el alféizar” y “Resurrección”, dos de los poemas que más me agradan del conjunto, por su tono admonitorio y la austeridad de su estilo, me recuerdan, salvando las distancias, algunos de Cavafis, como éste que empieza: “Si imposible es hacer tu vida como quieres, / por lo menos esfuérzate / cuando puedas en esto: no la envilezcas nunca / por contacto excesivo / con el mundo que agita movedizas palabras... Etcétera, etcétera.

Hay poetas de una precocidad inusitada, que parecen nacer con el oficio ya aprendido, dueños de la retórica precisa y adecuada para sus fines; otros de maduración tardía, a los que les cuesta encontrar ese punto de equilibrio entre el poeta que son y el artista indispensable que dé plena eficacia a sus proyectos; y otros, en fin, que corren el riesgo de sucumbir aplastados bajo el peso deslumbrante del artífice que llevan consigo. Nuestro autor, aun contando con poemas satisfactorios en los que el poeta y el artista se enlazan armoniosamente, pertenece sin duda al segundo de los grupos mencionados. Es, por ahora, más poeta que artista. Y esto se manifiesta en diversos aspectos del libro como por ejemplo en la inclusión de algún poema ingenuo bienintencionado, o en una peligrosa propensión al ternurismo. No importa. Ricardo es consciente de que el arte es una larga paciencia, un lento aprendizaje (años de aprendizaje fue el título que un gran poeta catalán contemporáneo puso a sus obras completas); que un poema es, con frecuencia el borrador de otro poema, como un libro es el borrador de otro libro, del Libro con mayúsculas, del libro inaccesible.

Confío en que Ricardo subsanará esos defectos en futuras entregas y le deseo que cuando alcance cotas artística irreprochables, tenga el coraje y reciba el don de comenzar de nuevo, de recuperar la mirada virgen, de seguir escribiendo con la sabiduría de la inexperiencia; que pueda decir con Ives Bonnefoy, en un verso de resonancia oriental, “la imperfección es la cima”.

José Luis Parra

 

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