domingo, 20 de julio de 2008

Dave Eggers


LA CRÓNICA, julio de 2008


Este escritor es un visionario


Iker Seisdedos


Es uno de los mejores autores de su generación. Un editor influyente y un filántropo cuya fundación ayuda a un millar de niños. Pasamos un día en San Francisco, en el ojo del huracán literario de Dave Eggers. Un hombre y su imperio de ideas ingeniosas.

Es un miércoles cualquiera, soleado y ventoso, en la calle Valencia, de San Francisco. Otro día más en el seno de la revolución literaria de Dave Eggers (Chicago, 1970), filántropo, infatigable aglutinador de voluntades y muy probablemente el escritor estadounidense más relevante de su generación. No son sólo sus novelas (Mondadori acaba de publicar Qué es el qué, la tercera). Es la decena de proyectos sociales que abandera repartidos por todo el país. Son sus incomparables revistas. Es, en suma, el imperio de ideas ingeniosas que Eggers controla desde un anónimo edificio, indistinguible entre las taquerías y los negocios latinos de esta arteria del barrio mexicano de The Mission.

Si en la planta baja un puñado de treintañeros edita primorosamente las revistas The Believer y McSweeney's, acaso las mejores entre las consagradas a la nueva narrativa inglesa, en el sótano varios adolescentes llegados de la parte baja de la rueda de la fortuna ultiman la edición de 2008 de The best american nonrequired reading, que es precisamente eso: las mejores lecturas escogidas entre aquellas que no figuran en sus planes de estudios. La cosa funciona así: una decena de muchachos con problemas de la bahía de San Francisco se reúnen cada semana convocados por el escritor Dave Eggers; leen, comparten y puntúan textos procedentes de más de 200 revistas editadas en EE UU, y el veredicto de tan inusual jurado se publica en una antología anual en tapa blanda que resulta cualquier cosa menos predecible. Mientras tanto, al otro lado de la calle, en el número 826 Valencia (la dirección postal que da nombre a su fundación benéfica), 75 chavales de entre 8 y 16 años reciben clases extraescolares y consejos de escritura creativa en la trastienda de un establecimiento que para sostenerse vende a los turistas 'suministros piratas'. Botellas para mandar mensajes de náufrago, barriles de pólvora y parches, además de libros, revistas y el resto de la ingente producción editorial de la casa.

Todo lo cual descansa sobre la espalda, torcida por la escoliosis de años de escribir en ordenador portátil recostado en un sofá, de Eggers, ex niño prodigio de la literatura estadounidense y, desde hace 10 años, editor de la revista McSweeney's, trimestral y desafiantemente original. Con una tirada de unos 20.000 ejemplares, es una revista literaria que combina nombres como los de Joyce Carol Oates, William T. Vollman, Zadie Smith o el propio Eggers con la prosa de cualquier debutante con algo que contar y la dirección correcta a la que enviar los textos. Cualquier parecido con una gaceta sobre narrativa al uso acaba ahí. Cada número es radicalmente distinto al anterior en McSweeney's, bautizada así en honor a un tal Timothy McSweeney, loco inofensivo que, según recuerda Eggers, 'mandaba cartas' a su madre, Adelaida, en las que se presentaba como 'un familiar perdido presto a reunirse con ella'. Ahí está el número 17, que adquirió el aspecto de la correspondencia (folletos publicitarios y facturas incluidas) de una supuesta Maria Vasquez. O aquel tercero, descatalogado, para el que David Foster Wallace escribió un relato en el lomo.

"Nos tomamos nuestros contenidos muy en serio, pero no a nosotros mismos. Tampoco el concepto de revista literaria. No compartimos que deba ser árida y encopetada en su presentación", explica Eggers con el murmullo del atormentado por la migraña mientras juega con una mancha de sus vaqueros. El caos que le rodea -papeles tirados por el suelo, botellas vacías de bebidas energéticas y paquetes de UPS sin abrir- forma un conjunto que cualquier madre definiría como 'una leonera' y, sin embargo, el pelirrojo Eggers considera 'una oficina', pese a no haber rastro de silla, mesa o perchero.

Desde aquí pilota la nave con la ayuda de una plantilla de 'siete u ocho' trabajadores y una quincena de becarios que, sin cobrar, corrigen textos y comprueban datos encorvados sobre sus portátiles blancos. Se pasan libros de Roberto Bolaño, hacen chistes rematadamente inteligentes y se ruborizan cuando se ven pillados en un renuncio intelectual. Todos saben que los tipos sentados al fondo de la redacción -Jordan Bass, editor jefe de McSweeney's, y Eli Horowitz, mano derecha de Eggers y responsable de la editorial- fueron becarios antes de darse a la gran vida de la posmodernidad literaria. Así que, con suerte, acabarán como ellos, ideando rompedores conceptos, bromeando por teléfono con los mejores ilustradores del país y decidiendo si el escritor Donald Barthelme está listo o no para una reivindicación en las páginas de alto gramaje de la revista.


Saramago


EL UNIVERSAL, julio de 2008


Desea Saramago ser recordado por un solo personaje

Al portugués le gustaría que la gente lo evocara como el autor que creó al personaje del perro que bebe las lágrimas de una mujer en la novela Ensayo sobre la ceguera

EFE. Lisboa


El Premio Nobel portugués de Literatura, José Saramago, desea ser recordado por una frase de su novela Ensayo sobre la ceguera, cuando un perro bebe de las lágrimas de una mujer.

En una entrevista que publica hoy el diario Público, Saramago manifiesta, por primera vez, que ese "es uno de los momentos más bellos de mi obra y me gustaría ser recordado como el escritor que creó el personaje del perro de las lágrimas".

"Lo digo por primera vez, si en el futuro alguien busca al escritor que dejó ese pasaje en su obra. Es el mensaje de la compasión, de la mujer que intenta salvar al grupo donde está su esposo y el perro se aproxima a un ser humano y, como no puede hacer más nada, bebe de sus lágrimas", agregó.

Saramago confiesa que cuando padeció recientemente una grave neumonía sintió que estuvo "en las puertas de la muerte". "No llegué a entrar, pero acepté esa probabilidad con una enorme serenidad que conservo hasta ahora. De cierta manera diría que aquella enfermedad me hizo bien", dijo.

El Premio Nobel señaló que continúa trabajando en su próxima novela El viaje del elefante y que "no desea morir" antes de acabar esa obra. Señaló que una de sus preocupaciones, cuando estuvo al borde de la muerte, era que "tal vez no pudiese terminar el libro".

Saramago considera que uno de los problemas de los portugueses es "la mediocridad" y que se encuentren resignados a ese destino. "Es algo contradictorio, porque existen grandes sueños de grandeza, como ahora con el Campeonato Europeo de Futbol", añadió.

El Premio Nobel permanecerá en Lisboa todo el mes de julio, trabajando en su próxima novela, que espera terminar "para fines de agosto".


Margaret Atwood


EL PROCESO, 7 de julio de 2008


Margaret Atwood: La poesía como raíz


México, D.F.- El pasado 25 de junio, un jurado presidido por Víctor García de la Concha decidió otorgar la 28 edición del premio Príncipe de Asturias a la escritora canadiense Margaret Atwood, “por su espléndida obra literaria que ha explorado diferentes géneros literarios con agudeza e ironía y porque ella asume inteligentemente la tradición clásica, defiende la dignidad de las mujeres y denuncia situaciones de injusticia social”.

Esta nota quiere recordar los primeros pasos de Atwood como autora.

Aunque Canadá es uno de los países más grandes de nuestro continente, su literatura tiene una difusión muy escasa. No sólo en lengua española, en la que apenas resuenan unos cuantos nombres: Alice Munro, Leonard Cohen, Robertson Davies y Michael Ondaatje. En general, su presencia internacional no parece corresponder con la riqueza material de esa nación.

De ahí que sea especialmente interesante que la 28 edición del premio Príncipe de Asturias, en el apartado correspondiente a literatura, se otorgue este año a una escritora canadiense, sin duda la persona más ilustre de su país en el campo de las letras y probablemente la que más se ha preocupado por reflexionar sobre su cultura e identidad.

Margaret Eleanor Atwood, quien nació el 18 de noviembre de 1939 en Ottawa, ha publicado medio centenar de libros: trece de poesía, seis de ensayo, uno de teatro, seis de literatura infantil y más de 20 de narrativa, el género más favorecido por los editores españoles cuando se trata de traducir, como lo prueban los 11 títulos de Atwood disponibles en nuestro idioma.

Sería deseable que el premio atraiga la atención de los editores hacia otras obras de Atwood y que se viertan al español algunos de sus libros de ensayos más notables, como Negotiating with the Dead: A Writer on Writing y Second Words.

En un ensayo incluido en éste último, “Travels back” (1982), Atwood ha recordado cómo se acercó al mundo de la literatura:

“Hasta 1956, siempre pensé que me dedicaría a la botánica… Nada me decía siquiera que escribir era una posibilidad para un joven en Canadá en el siglo XX. Estudiábamos a algunos autores, claro, pero ninguno de ellos era canadiense ni estaba vivo (…).

“En la preparatoria no se enseñaba poesía canadiense ni prácticamente nada relacionado con Canadá. En los primeros años estudiábamos a los griegos y a los romanos y a los antiguos egipcios y a los reyes de Inglaterra y en el último año aprendíamos algunas cosas sobre Canadá en un aburrido librito azul que en su mayor parte estaba dedicado al cultivo del trigo.”

A los 16 años de edad descubrió que todo lo que le interesaba era escribir poesía y decidió estudiar letras inglesas. Su elección la llevaría a Harvard, donde tuvo como maestro y amigo a su compatriota, el ilustre crítico Northrop Frye. Bajo su tutela estudió a los más eminentes autores victorianos, y en su biblioteca descubrió la casi secreta tradición poética del Canadá.

Su visión comprometida y crítica del mundo y la sociedad contemporáneos queda de manifiesto en toda su producción, donde Latinoamérica tiene un espacio propio.

En 1996, Atwood deploró la distancia que separa culturalmente a Canadá de los latinoamericanos en "Desde el invierno", una antología en español de cuentos de autores canadienses anglófonos publicada en La Habana.

"Estados Unidos separa a los canadienses de las naciones y culturas de Latinoamérica y el Caribe. Cuando miramos hacia el sur -algo que en Canadá solemos hacer bastante seguido- nuestra vista resulta bloqueada por Estados Unidos. Lo mismo les sucede a los latinoamericanos cuando miran lo suficientemente lejos hacia el norte. El resultado es que canadienses y latinoamericanos se conocen muy poco", aseguró en la introducción de la obra.

Comprometida activista a favor de la ecología, pero también defensora de los derechos humanos, crítica feroz de los regímenes totalitarios, Atwood no sólo ha plasmado su pensamiento en la voz de sus personajes.

En marzo de 2003 arremetió contra la política de Washington en una dura carta abierta al país vecino. "Querido Estados Unidos: ésta es una carta difícil de escribir, porque ya no estoy demasiado segura de quién eres (...). Tú y nosotros siempre hemos estado cerca. La historia, esa vieja marañera, nos ha mantenido ligados desde principios del siglo XVII. Algunos de nosotros éramos tú; algunos queríamos ser tú", escribió.

En su amarga diatriba, Atwood advirtió: "Si sigues bajando por esta pendiente resbaladiza, la gente del resto del mundo dejará de admirar las cosas buenas que tienes. Decidirán que tu ciudad sobre la colina es una pocilga y tu democracia una mentira (...). Pensarán que has desertado del respeto por la ley. Pensarán que has ensuciado tu propio nido".

"El cuento de la criada" ("The handmaid's tale", 1985) fue convertido en ópera y también llevado a la pantalla grande: adaptado en 1990 por el premio Nóbel de literatura británico Harold Pinter, la cinta fue dirigida por Volker Schlöndorff y protagonizada por Robert Duvall y Faye Dunnaway.

En el año 2000 Atwood ganó el Booker Prize, máximo galardón de la literatura en lengua inglesa. Sus libros han sido traducidos a más de treinta idiomas, incluidos el coreano, farsi, finlandés, estonio, islandés, japonés y turco.

En 1961 dio a conocer, a través de una edición privada, su primera colección de poemas: Double Persephone. Desde entonces, Margaret Atwood no ha dejado de escribir poemas, si bien es claro que la principal razón de su prestigio reside en su vasta obra narrativa.

Sin embargo, para recordar sus raíces, ofrecemos a los lectores de apro la versión en español de uno de sus más célebres poemas: “This is a photograph of me,” con el que se inicia su segundo libro de poemas, The circle game (1966). Gracias a él obtuvo su primer premio literario: el Governor’s General Award, la más importante distinción que se otorgaba en el mundo cultural de Canadá en aquellos años.

Esta es una fotografía que me tomaron

Me la tomaron hace tiempo.

A primera vista parecería

una impresión

muy sucia: líneas borrosas y pecas de mugre

mezcladas con el papel;

pero, si la miras

con atención, en el ángulo superior izquierdo

aparece una rama: parte de un árbol

(un abeto o un pino)

y, hacia la derecha, escalando

lo que debe ser una ladera,

una pequeña casa.

Al fondo hay un lago,

y más allá, unas cuantas colinas.

(La fotografía fue tomada

el día después de que me ahogué.

Estoy en el lago, al centro

de la imagen, justo bajo la superficie.

Es difícil decir precisamente

dónde, o

cuán grande o pequeña soy:

El efecto de la luz sobre el agua

es engañoso

pero, si miras durante un buen rato,

al cabo

acabarás por descubrirme.)

Rafael Vargas


jueves, 17 de julio de 2008

Eloy Sánchez Rosillo

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Entrevista a Eloy Sánchez Rosillo en Canal Literatura www.canal-literatura.com


¿Podría decirnos qué significa para usted el término literatura?

Un lugar de la realidad en el que se vive y se sueña intensamente.

¿Qué opina de la literatura en la red y de ésta como soporte literario?

La red tiene mucho interés para “asomarse” a las cosas, para descubrirlas y explorarlas, pero para leer obras literarias por extenso no hay aún nada como un libro de papel y tinta.

Háblenos de su experiencia como profesor. ¿Es difícil enseñar?

Ser profesor de Universidad no está mal; hay cosas peores. Enseñar literatura es difícil; y enseñar poesía, imposible, a no ser que los alumnos estén previamente “contaminados”.

¿Cómo recuerda usted a sus profesores? ¿Qué debe aportar un profesor a la vida del alumno?

Sólo tengo buen recuerdo de tres o cuatro profesores de entre los que a lo largo de mi vida me deparó la suerte. De la mayoría conservo un recuerdo entremezclado y anodino. Y de un buen puñado de indeseables prefiero no acordarme. El profesor ha de transmitirle a los alumnos, ante todo, humanidad, cercanía respetuosa, cordialidad. Y sobre esa base ineludible, todos los conocimientos que sobre la materia de su competencia resulten oportunos.

¿Qué espera de un buen poema?

Primordialmente, que me emocione, que no me deje indiferente ni con la sensación de que aquello no es más que un jueguecito ingenioso o un triste galimatías.

¿Cree que el sistema educativo proporciona un conocimiento razonable el idioma?

No; resulta insuficiente. Creo que un idioma (el propio, el ajeno) sólo se consigue aprender bien oyéndolo hablar a todas horas en torno tuyo y leyéndolo sin parar.

¿Qué cree usted que aporta al individuo el dominio del lenguaje y la dialéctica?

El lenguaje le es indispensable a todo ser humano para saberse a sí mismo y para estar en el mundo. Sin lenguaje no hay realidad. La dialéctica supone el encuentro civilizado de dos o más hablantes de una lengua y, si se utiliza con arreglo a principios, resulta fundamental para entenderse. En muchas ocasiones, sin embargo, no sirve más que para enredar.

¿Cree que en la actualidad hay oportunidades para la reflexión? ¿Se enseña a pensar?

A pensar nos enseña la vida, la experiencia. Dentro de la experiencia están también los libros de los maestros del pensamiento, en los que por supuesto hay mucho que aprender. Y siempre, antes y ahora, hay ocasiones para la reflexión, si uno es reflexivo.

¿Qué opina sobre el “Manifiesto por una lengua común”?

Pues que tiene mucho sentido común. Lo suscribo, siempre que no se haga una utilización partidista del mismo. La utilización política que le es connatural debería estar por encima de las banderías.

¿Qué le impulsa a escribir?

La extraña sensación que produce de dolor y alegría y de ser más que nunca el que uno es. Aunque, en el fondo, no sé, no sé por qué escribo. Esta es la pregunta más insondable de la entrevista.

¿Qué le impulsa a leer?

Ante todo, el inmenso placer que me causa. Y también, claro, el deseo de conocer, de aprender (en el fondo, no son cosas distintas).

Un mensaje para todos aquellos que se inician en el arte de escribir y que participarán en el IV Certamen “Poemas sin Rostro”.

Que trabajen con verdad y sin prisas. Y que recuerden cuando se desanimen lo que dice Cernuda en uno de sus poemas: “La hermosura es paciencia”.

¿Qué relación tiene con Internet? ¿Está dispuesto a entrevistarse en directo con los internautas?

La relación es asidua, cotidiana y creo que provechosa, aunque no soy un adicto de esos que no hacen más que navegar. Estar todo el día enganchado a Internet es una manera de perder el tiempo como otra cualquiera. Estoy dispuesto a esa entrevista que me dice, pero ocurre que yo no valgo mucho para chatear, pues escribo despacio y sólo con el dedo índice de cada mano.

Lo que quiera añadir.

Salud y suerte para todos. Buenos libros para leer y mesura y tino para escribir.


miércoles, 16 de julio de 2008

Cormac McCarthy


En la tierra de Cormac McCarthy

EDUARDO LAGO* 08/03/2008

No es país para viejos, película que le valió un Oscar a Javier Bardem, triunfa en todo el mundo. El autor del libro que la inspiró, Cormac McCarthy, es un ermitaño de la literatura. Un escritor a quien la crítica osa llamar el nuevo Faulkner.

De Cormac McCarthy, autor de No es país para viejos, novela llevada a la pantalla por los hermanos Coen en la que Javier Bardem interpreta un papel que le ha valido el Oscar como mejor actor de reparto en la última edición de los premios de la Academia de Hollywood, se ha dicho que es el mejor novelista que ha dado su país desde William Faulkner.

Escribe de espaldas a los lectores, ignorando modas, fiel a su vocación.

Al entrar en una zona luminosa, la obra de McCarthy perdió algo de fuerza.

Los Coen mantienen en todo momento una extraordinaria fidelidad a la novela

Reservado, solitario, celoso de su intimidad hasta el paroxismo, Cormac McCarthy forma parte del círculo de reclusos legendarios sobre los que, a fuerza de desdeñarlo, llueve cuanto codician la inmensa mayoría de sus compañeros de oficio: dinero, fama, atención, la veneración del público y los medios. Al igual que J. D. Salinger o Thomas Pynchon, Cormac McCarthy escribe de espaldas a los lectores, ignorando modas y exigencias comerciales, fiel exclusivamente a su vocación. Hasta poco antes de cumplir los 60 años fue pobre de solemnidad. Viajaba en una camioneta destartalada, escribía en habitaciones de motel y ninguno de sus títulos vendió mucho más de un par de miles de ejemplares, pese a haber entre ellos varias obras maestras. En Cómo leer y por qué, Harold Bloom afirma que Meridiano de sangre (1985) es la mejor novela americana de la segunda mitad del siglo XX. Publicada unos años antes, en 1979, Suttree, obra que contiene elementos autobiográficos y que su autor tardó 20 años en completar, no le va a la zaga.

Nacido en 1933, en Rhode Island, en el seno de una familia de origen irlandés, Cormac McCarthy vivió varias décadas en Tennessee antes de trasladarse a El Paso, Tejas. La belleza desoladora de los bosques de su primera residencia y la desnudez de los parajes desérticos situados en la frontera entre México y Estados Unidos constituyen el escenario de sus novelas. Pocos escritores han sabido describir con mayor hondura y delicadeza la grandeza del paisaje americano. Desafecto a su familia, inadaptado en la escuela, solitario y profundamente desarraigado, pasó por la universidad y desempeñó varios oficios antes de cumplir el servicio militar en una base aérea de Alaska. El aburrimiento atroz que padeció allí le llevó a buscar refugio en la lectura. No tardó mucho en comprender que dedicaría el resto de su vida al más solitario de los oficios: la escritura. Cambió entonces su nombre originario, Charles, por su equivalente gaélico, Cormac, acogiéndose así a la advocación de las fuerzas tutelares de la creación verbal. En el siglo XIV, Cormac McCarthy, señor de Blarney, ordenó erigir un castillo en el condado de Cork, a fin de preservar una piedra de origen mítico. Situada en las almenas del castillo, quienes besaban la piedra de Blarney obtenían el don de la elocuencia.

Cuando terminó su primer libro, El guardián del vergel (1961), McCarthy envió el manuscrito a Random House, donde rodó de despacho en despacho hasta caer en manos de Albert Erskine, editor de Faulkner y descubridor de Malcolm Lowry. Erskine se dio cuenta inmediatamente del calibre del autor. Las señas de identidad del territorio McCarthy estuvieron claras desde el comienzo. Novelas como La oscuridad exterior (1968) o Hijo de Dios (1973) inician una de las más implacables disecciones de la violencia jamás llevada a cabo por ningún escritor. Escenas de necrofilia, relaciones incestuosas o infanticidios descritos con escalofriante minuciosidad llenan las páginas, pero no se trata de satisfacer ninguna inclinación morbosa, sino de dar cabida a elementos tomados directamente de la realidad. Uno de los criminales más atroces del universo narrativo de Cormac McCarthy, un asesino en serie que vive en una cueva rodeado de los cadáveres de sus víctimas, con los cuales mantiene relaciones sexuales, no es producto de la imaginación del escritor. McCarthy encontró la relación de sus atrocidades en las páginas de sucesos de un periódico de Tennessee.

Con la publicación de Todos los caballos hermosos (1992), primer volumen de una trilogía sobre la frontera, la vida del novelista experimentó un giro inesperado. Le empezaron a llover premios, sus libros se vendían por millones y Hollywood empezó a cortejarlo. Instigado por su agente, concedió la primera entrevista de su vida. Incómodos con su celebridad, muchos de sus seguidores se sintieron traicionados, y es cierto que aunque el mérito literario de la trilogía es innegable, al entrar en una zona más luminosa la obra de McCarthy perdió algo de fuerza. Las ciudades de la llanura, último volumen de la trilogía, se editó en 1998.

Posteriormente, McCarthy ha publicado otras dos obras: No es país para viejos (2005) y La carretera (2006). La primera fue trasladada a la pantalla por los hermanos Coen, quienes mantienen en todo momento una extraordinaria fidelidad a la novela. Con La carretera, narración situada en un futuro posapocalítico en el que los Estados Unidos aparecen como un país habitado por supervivientes entregados a prácticas nefandas como el canibalismo, Cormac McCarthy obtuvo el Premio Pulitzer y una invitación a aparecer en el programa de televisión de Oprah Winfrey. McCarthy aceptó de buen grado la invitación. Algo parece haber cambiado en la actitud del hasta ahora huidizo escritor, de 75 años de edad. La noche de la gala de los Oscar acudió acompañado de su hijo de ocho años. Se le veía feliz compartiendo el éxito de los hermanos Coen y Javier Bardem. A fin de cuentas, la película que más éxitos había cosechado en la 80ª edición de los premios estaba basada en una obra suya. Y no es más que el principio. Dentro de unos días, John Hillcoat iniciará el rodaje de La carretera, que será protagonizada por Viggo Mortensen, Charlize Theron y Robert Duvall. Esto no es todo: hace tiempo que en círculos de Hollywood se comenta que Ridley Scott está interesado en hacer una adaptación de Meridiano de sangre en 2009.

(*)Eduardo Lago es escritor y director del Instituto Cervantes en Nueva York.

domingo, 13 de julio de 2008

Poema II

EL TACTO DEL TIEMPO


Cuando el tiempo se va muriendo

y sólo perdura en la memoria

el estigma del olvido

plateando el paso de los años

con el sabor del otoño

que inunda las entrañas.

Cuando el silencio retorna denso

y el calor de los días felices

oculto en un rincón de tu sonrisa

como un aroma lejano.

Pasa devorando sueños,

espectros del pasado,

el tacto del silencio

y el roce de tus pasos en mi cuerpo.



Del libro inédito Rituales de Identidad


martes, 8 de julio de 2008

BARBASTRO

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Hoy me he levantado tarde, me he vestido deprisa, he hecho el equipaje y he desayunado bien. La camarera me mira tras la barra con ojos interrogantes, le doy unas monedas con el precio exacto y me sonríe. En la UNED Manuel Vilas nos habla del poema en prosa y nos dice:

—Ahora os toca a vosotros.