domingo, 31 de octubre de 2010

HALLOBLOGWEEN: LA CAPA

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Mi amiga Teresa Cameselle nos ha hecho la propuesta de publicar un relato de miedo para estos días. Aquí tenéis el mío, es una historia que seguramente muchos habéis oído contar, en su blog podéis encontrar más:
http://teresacameselle.blogspot.com/2010/10/comienza-el-halloblogween.html

La noche era cerrada. Llevaba un buen rato caminando a campo abierto cuando divisó a lo lejos, en contraste con el negro cielo, la sombra aún más negra de la tapia del cementerio. El viento huracanado casi no le dejaba avanzar, lo que en esa tenebrosa noche hubiera hecho retroceder a cualquiera y olvidar su disparatada misión. Sin embargo, para Juan lo más importante era hacer valer su hombría. Como estaba ebrio hasta las cejas, aquello le envalentonó aún más y se dirigió con paso firme hacia la puerta con la sola idea de llevar a cabo la apuesta realizada con sus amigos de partida.

―¡Las veinte en bastos! —dijo uno de ellos dando un golpe en la mesa—.
―¡Las cuarenta! —replicó un segundo con un golpe más fuerte y aire retador—.
―¡No habéis tenido potra ni nada, así gana cualquiera! —respondió un tercero que no había tenido tanta suerte—.

Como cada fin de semana jugaban y bebían sin parar hasta altas horas de la madrugada. Un día al más perspicaz de todos se le ocurrió una espeluznante idea:

―¿Cuál de vosotros sería capaz de ir solo al cementerio en la noche de las ánimas? —les dijo mirándoles a los ojos con aire retador—.

Se miraron entre sí con el miedo marcado en sus rostros, aún no contaban con suficiente alcohol en el cuerpo como para acometer semejante locura, pero Juan, el más bravucón, se puso en pie y vociferó:

―¿Y qué saldría ganando?
―Pues aparte de demostrarnos tu valor, veinte mil pesetas del ala —le explicó con voz retadora el autor de la apuesta—.
―Entonces yo soy vuestro hombre; pero si voy solo ¿cómo podré demostrarlo? —preguntó con un deje de duda en su voz—.
―Debes incrustar un clavo grande en la puerta y así sabremos que has estado allí —le contestó de nuevo el interpelado— ¿qué pasa, que tienes miedo?
―¿Miedo yo? —replicó en un tono más bravucón que antes, después de apurar su copa— ya veréis quién es aquí el más valiente.

Ahora, sin más compañía que su soledad, sin tener que demostrar su temeridad ante nadie, entre el silencio, el frío y la negrura, al verse frente al portón sintió miedo, pero ya no podía volverse atrás. No tenía más remedio que cumplir y regresar al pueblo cuanto antes para referir a sus amigos el final de su empresa. Sacó de una bolsa un enorme clavo y un martillo y golpeó sobre él una y otra vez casi a tientas. Los golpes resonaron en la noche como un trueno, como si vinieran del más allá, como si no fueran de este mundo. Temblando volvió a guardar el martillo en su bolsa y al darse la vuelta para emprender la marcha notó que alguien lo agarraba con fuerza por la capa. Trató de deshacerse como pudo de aquellas manos invisibles que lo atenazaban y al ver que no se podía soltar, preso del pánico, deshizo la lazada, soltó la capa y echó a correr por el campo como alma que lleva el diablo.
Con la cara desencajada llegó ante sus amigos y les contó entre jadeos lo sucedido; pero ninguno dio crédito a semejante historia.

―Lo que pasa es que estás muerto de miedo. Seguro que te has vuelto a mitad de camino y nos quieres colar una patraña —le contestaron con aire burlón y desenfadado—.
―¡Nada de eso! y ya puedes darme mis veinte mil pelas, ―respondió con voz entrecortada― creo que me las he ganado.
―¡No señor!, la única forma de comprobar lo que cuentas es viendo si el clavo está en su sitio, hasta entonces no verás un duro —le replicó el de la apuesta con tono de superioridad—.

Quedaron todos en verse a la mañana siguiente para ir juntos al camposanto a comprobar la consecución de la hazaña. No pudo dormir en toda la noche, pues cuando empezaba a coger el sueño le atormentaban un montón de pesadillas en las que se veía atrapado por crueles fantasmas, que le hacían despertarse envuelto en sudor. A la mañana siguiente se levantó temprano para adelantarse a sus compañeros y descubrir antes que nadie lo sucedido y al mirarse al espejo descubrió con horror que su pelo se había vuelto totalmente blanco.
Sin dejar de pensar en todo lo sucedido se dirigió al cementerio y al llegar allí, una mueca sarcástica pobló su rostro al contemplar clavada en la puerta, ondeando al viento, su capa; la misma que esa noche creyó abandonar en manos del más terrible de los fantasmas.
Cuando llegaron sus amigos sonó un coro de malévolas carcajadas, aunque no sabían muy bien de qué se reían más, si del pelo blanco de Juan y la estúpida mueca dibujada en su cara o de ver la capa mecida por el viento.
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miércoles, 27 de octubre de 2010

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EL ESPECTADOR, 3 de septiembre de 2010

Acerca de los ‘escritores tardíos’

Por: elmagazin | Hernán Torres Iregui*

El maestro Azorín fue el culpable de que yo hubiera incurrido en la osadía de escribir en una hoja de papel aquellos sucesos que inquietaban mi alma, y principalmente los que han acontecido en mi propia vida. La insólita audacia me sobrevino de repente cuando, leyendo Las obras selectas del ilustre alicantino, me encontré con esta caritativa sentencia: “(…)de escribirla con sencillez, ingenio y honestidad, hasta la vida de un simple mecánico puede ser una historia interesante.”
Pero debo confesar que me intimidó tener que aprender tantas cosas antes de producir un relato leíble, y poco faltó para que desistiera de mi osadía cuando algún enemigo de mi ego puso ante mis ojos una contundente frase de Monsivais (el de la bandera del arco iris), quien ante la pregunta del periodista que lo entrevistaba respondió: “lo más difícil para escribir es tener talento”. La súbita ráfaga de cobardía que encendió mi cara se originó en la inevitable realidad de mi larga edad, pues recordé el sabio aforismo: “loro viejo no aprende a hablar”, el cual me pronosticaba, en el mejor de los casos un diagnóstico peyorativo de “escritor tardío” y, en el peor, de “escritor póstumo.” Pero el complejo acaba de agravarse al repasar la biografía de Saramago, que vuelvo a leer mientras su cuerpo –ahora sí sumergido en la ceguera definitiva que conduce a la inmortalidad—yace en su catafalco de libros leídos y releídos con una rosa roja sobre su pecho. El admirado y maldecido portugués se gastó más de 40 años para incursionar con paso firme en la literatura, porque conforme a su propia confesión “quizá no tenía nada que decir”. Le sucedió lo mismo que a Raymond Chandler. No obstante, yo no tengo la menor duda de que Saramago, Chandler y muchos otros llamados “escritores tardíos” consiguieron enaltecer las letras universales gracias a las cualidades con que vinieron al mundo. Quizás éste no sea mi caso, por desgracia. Aunque –como fotógrafo aficionado—considero que en el otoño se captan mejor los paisajes.
Es evidente que no todos los mecánicos y los cerrajeros (incluido Saramago), lograrán por mucho que se esfuercen ser exaltados con el premio Nobel de Literatura, o aunque sea, ser llamados “buenos escritores”. Como tampoco los médicos comunes conseguirán ser nominados al Nobel de Medicina. ¿Será que tienen razón quienes aseguran que un buen escritor, como un buen médico, nace y no se hace? Que por más que se esfuerce, el que no es predestinado o poseedor de ese toque divino nunca llegará a sobresalir en el oficio. Este jactancioso concepto, que brota usualmente de labios bendecidos por la fama, se asemeja peligrosamente al de algún artista pictórico que no dudaba en promulgar que su arte era la singular expresión de los seres elegidos por Dios.
Pero analicemos más democrática o, si se quiere, más caritativamente el fondo del asunto. Primero, rebusquemos un común denominador en los rasgos genotípicos de los escritores. Es sabido que la sensibilidad y la capacidad de expresar emociones son cualidades transmitidas mediante genes que viajan a bordo del cromosoma X. Sensaciones y emociones que se procesan con mayor fuerza en el hemisferio cerebral no dominante. Lo que por simple lógica significaría que tales cualidades –sobresalientes en los buenos escritores– se reciben a través de la herencia materna y quizás podrían encontrarse con mayor frecuencia en la mujer, que ostenta la pareja cromosómica XX, y que, además, implicaría una mayor agilidad en las conexiones neuronales que llevan las sensaciones desde la corteza cerebral hasta el sistema límbico, exactamente hasta las amígdalas cerebrales. Esa pareja de almendras misteriosas en donde se elaboran las emociones. No es suficiente que la corteza perciba las sensaciones. Para convertirlas en vivencias tienen que ser trasportadas a través de un enmarañado circuito y depositadas en el mesencéfalo. Pero comprender este proceso neurofisiológico no alcanza a definir a un buen escritor, pues éste no solamente debe poseer esa sensibilidad exquisita y ser capaz de trasladar el estremecimiento de sus sentidos al mesencéfalo, sino que –por añadidura y muy especialmente– ha de lograr que sus lectores, a través de los ojos y la fantasía, se contagien de su obra y desencadenen un proceso aún más complejo que los hará sufrir, gozar, llorar, palpitar, desear, odiar, o simplemente, asombrarse con la belleza del lenguaje o la precisión y contundencia de los vocablos.
Sin embargo, esta realidad por si sola aún no es suficiente. Se necesita todavía algo más para ser buen escritor. La sinestesia. Aquella capacidad de mezclar sensaciones y emociones en una forma tan maravillosa que para los seres que caminamos pisando el suelo resulta casi imposible de comprender. Ellos (los buenos escritores) deben poseer la capacidad de saborear los colores, de oler los sonidos, de palpar los pensamientos… Aquí radica el origen de la expresión poética, y ahí mismo se esconde el diccionario del lenguaje metafórico. Es una forma de daltonismo. Pobres de nosotros que vemos el verde verde y el rojo rojo, pero que tenemos que hacer un gran esfuerzo mental para traducir lo verde como esperanza y lo rojo como pasión; o, a un niño como el futuro y a un viejo como el recuerdo.
Todo lo anterior refuerza la hipótesis del escritor nato. Esos poetas y novelistas precoces que produjeron obras famosas apenas pasada su adolescencia, como los poetas Rimbaud y Neruda, o como Vargas Llosa que escribió su primera novela (La ciudad y los perros) a los 22 años. O como la Yourcenar que escribió su primera Memorias de Adriano entre los 20 y los 25, aunque después, arrepentida, dijo: “hay libros que uno no debe atreverse a escribir sino después de los 40”. Pero así mismo existen muchos otros que nacen con la vocación literaria y no la expresan hasta encontrar el justo momento en su vida, hasta que las circunstancias los obligan, o hasta que no pueden resistir por más tiempo los sentimientos que bullen en su interior amenazando con destruirlos si no los expresan. En fin, hasta que sienten necesario “cuestionar, con inventiva, la realidad establecida”.
Volviendo a mi caso personal, no encuentro en mí nada de lo anterior. Tal vez, sólo un exceso de excitabilidad en esas que bauticé “almendras emocionales”, como les sucede a todos los viejos que añoran sus recuerdos borrosos y lloran por todo. Así que tendré que hacerme a la idea de que si quiero escribir algo, habré de hacerlo conformándome con aceptar que sea sólo un ejercicio póstumo de autosatisfacción.

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Colaborador. Médico jubilado que se resiste a ser atropellado por el ocio y la soledad.
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domingo, 24 de octubre de 2010

RELOJ DE ARENA

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ATRAVIESA la calle
con el semáforo del tiempo en ámbar
y el alma sembrada de espinas,
esquirlas de viento en la piel.
Escucha las horas del eco
en un desierto de flores,
mientras una nube negra
amenaza la calma.
De nada sirven las excusas
ante la pasión de la noche.
La cicatriz de otras luchas
delata la pátina del aliento.
Ahora le atormenta sólo esa flecha
en el reloj de arena
donde espera regrese la cordura.

De libro inédito Rituales de identidad
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sábado, 23 de octubre de 2010

EL DESVÁN DE LA MEMORIA

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BUSCAS en el desván de la memoria
las luciérnagas de ojos tristes
que solían acompañar tus noches
y te hacían resucitar en soledad.
Llevas la mano a tus sienes
en un gesto aprendido, mecánico,
vuelves a sentirte ese extraño
que se ahoga en el lago de una lágrima.
El ocaso se apodera de tu mente,
ya no eres aquel náufrago
que frotaba con ardor la lámpara
en un delirio arrebatado y efímero.
Aunque tu vida no es serena
te dejas arrastrar por un momento
al territorio de la pérdida
en un impulso por sobrevivir.

Del libro inédito Rituales de identidad
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viernes, 22 de octubre de 2010

ECLIPSE

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SE dejó mecer por sueños imposibles
entre la pérdida y el engaño,
en un eclipse de sombras.
La mente vuela con alas
de vampiro o pájaro
por oscuros desvanes
del cerebro
en frenética carrera.
Oculta en una nube de quimeras,
la vida es una torpe gaviota
que aletea sin rumbo
a la búsqueda de una playa.
Aparece radiante ante los ojos
pero la escondemos en la ceguera
de los días de bruma
tras una espesa cortina de nada.

De La voz en la memoria
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jueves, 21 de octubre de 2010

El Perro Blanco

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Me acaban de enviar el nº 6 de la revista El Perro Blanco editada por el Colectivo de Librepensadores y Patafísicos "Antístenes" en colaboración con la Editorial Libros del Innombrable de Raúl Herrero, en la que aparecen publicados tres poemas míos que iré dando a conocer en sucesivas entregas, la revista se puede leer en PDF en la web de la editorial.

Gracias amigos.

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lunes, 18 de octubre de 2010

Poema XLVIII

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VUELO DE MARIPOSA

Ese lunar me está volviendo loco,
bajo la blusa se insinúa como un pececillo
revoltoso que se asoma con descaro
al misterioso mar de su escote.
Cómo me gustaría posar mi dedo
sobre su tersa piel por un instante,
o tenerlo goloso entre mis dientes
aunque fuera tan sólo un segundo.
Pero de pronto un golpe de tos
acude por sorpresa a su garganta,
se agitan dulces senos encendidos
y vuela libre cual mariposa
la hasta ahora razón de mi deseo.
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sábado, 16 de octubre de 2010

viernes, 15 de octubre de 2010

La intimidad de la poesía

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EFE, 29 de septiembre de 2010


Ida Vitale afirma que "la poesía es la intimidad que coincide con la intimidad de otros"


Carmen Sigüenza


Madrid (EFE).-


"Mella y criba", que podría interpretarse como selección del desperfecto, es el título del último poemario que la uruguaya Ida Vitale acaba de publicar en España. Una declaración de intenciones del sentir de esta autora, para quien la poesía es "una intimidad que coincide con la intimidad de otros".

Ida Vitale (Montevideo, 1923), que el pasado mes de abril recibió el Premio Internacional Octavio Paz, está estos días en España, donde ha participado en el ciclo "Maestros X Maestros (de la poesía contemporánea)", con motivo del cien aniversario de la Residencia de Estudiantes, con una intervención dedicada al poeta José Angel Valente, bajo el título "Modos de limpiar el aire".

Otro título elocuente que muestra la honda pulsión poética y la riqueza metafórica de esta creadora, que desde 1989 vive en la capital de Texas, Austin (Estados Unidos). En 1973 la dictadura la obligó a dejar su país y desde 1974 a 1989 vivió también en México.

Perteneciente a la llamada generación del 45, donde también se inscribe a Mario Benedetti, Idea Vilariño o Ángel Rama, entre otros muchos autores que tenían a Juan Carlos Onetti como gran referente, Ida Vitale, asegura a Efe que no le interesa nada la poesía llamada "social o política".

"Para mí, compromiso hay, pero ese es el moral. Eso es lo primero y a ese soy fiel eterna. Con la poesía social o comprometida no se ha conseguido el momento más decoroso de la poesía. No lo fue, ni siquiera con Pablo Neruda que fue un gran poeta. La poesía es otra cosa, y, ya digo, requiere una cierta intimidad aunque coincida con la intimidad de los otros", argumenta esta mujer que a sus 87 años sigue estando atenta a la "escucha poética".

Vitale, cuyo nombre siempre está en las quinielas de premios como El Cervantes o el Reina Sofía de Poesía -"siempre estoy en quinielas y no me gusta nada", matiza- ha encerrado en "Mella y criba" toda una armonía vital y poética, una voz siempre muy personal y coherente, por donde pasa la naturaleza en toda su plenitud y detalle: el verano, otoño, los álamos o un homenaje al poeta japonés Mutsuo Takahashi.

"Bajo casias y ceibas y cedrones/entre el ratán y el romerón/en el jardín terrestre/dice el poeta japonés la vía/por la que vamos a otro jardín más alto", escribe Vitale.

Pero también se dan cita los animales, el grillo, el conejo, o el amor por el libro. También ciudades como Nicaragua, Roma, o Padua, entre nocturnos, lunas y un poema llamado "La Sutura", que tiene que ver mucho con el título, con la mella: "Temo ya no saber hacer/lo que no debe verse/aunque irse del mundo/pida dejar algo -como sea- en pago de la ausencia", dice.

"En general -subraya la autora-, es más difícil trasmitir la alegría que el dolor. La alegría se encierra más sobre si misma. El dolor necesita ser primero aceptado y después superado y aunque sea indeseable siempre deja algo entre las manos; y el hecho de escribir es ya calmante y satisfactorio".

Vitale, que confiesa que está leyendo "todo el tiempo", no sabe a estas alturas de su vida cómo puede llegar la necesidad de escribir el primer verso.

"No tengo nada claro como viene ese relámpago, sobre todo el primer verso es mágico, porque los demás vienen arrastrados", precisa esta escritora que comparte su tiempo entre la poesía, la narración, traducciones y sus escritos en prensa.

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lunes, 11 de octubre de 2010

sábado, 2 de octubre de 2010

Una existencia soportable

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EL DIARIO MONTAÑÉS, 7 de septiembre de 2010

Chantal Maillard Poeta y ensayista


«El empeño de la poesía es hacer entre todos la existencia soportable»

«El pensamiento sin sensibilidad está muerto», sostiene la Premio Nacional de Poesía, que clausura los Martes Literarios en La Magdalena

MARTA SAN MIGUEL | SANTANDER.

La fuerza destructora de un instante le valió a Chantal Maillard (Bruselas, 1951) el Premio Nacional de Poesía en 2006 con 'Matar a Platón'. El libro traza con aparente inocencia la confluencia de exactitudes en torno a un trágico momento, y esto acaba revelando la presencia absolutamente cotidiana y familiar de la muerte, de una forma aterradora. Sus obras han seguido cosechando premios, como el Nacional de la Crítica, quizá por esta forma suya de hacer partícipe a todos del pálpito de vivir: «Escribir/para curar/en la carne abierta/ en el dolor de todos/ en esa muerte que mana/ en mí y es la de todos».

A la espera de la publicación de su próximo trabajo, 'Bélgica', «unos cuadernos de viajes que narran cómo adviene la memoria cuando caminamos en las propias huellas», su voz poética clausura a las 19 horas los Martes Literarios, que patrocina EL DIARIO MONTAÑÉS.

-Esta tarde cierra los Martes Literarios, que reúne en masa a cientos de seguidores de la literatura en cada convocatoria, ¿cree que la poesía está hecha para todos los públicos?

-Debería. Que se haya convertido en ciertas épocas y en ciertos lugares (la China imperial, la Francia de los Luises, etc.) en divertimento de la inteligencia para el ocio de una élite no puede hacernos olvidar que ha sido concebida siempre como un canto necesario. Aquello a lo que el poema apunta trasciende las fórmulas particulares en las que lo encerramos. Cuando comprendemos esto, entendemos también la necesidad de proceder con humildad en lo poético.

-Acaban de estrenar la película 'Bright Star', film sobre los últimos años de vida del poeta inglés John Keats, la del poeta y dramaturgo Lope de Vega, y está aún reciente la de Gil de Biedma... ¿Tan fascinantes son los poetas?

-Se les han puesto de moda. La 'cultura' se vende como cualquier otro producto, con una diferencia: que hace parecer más inteligentes a quienes la consumen.

-Su poesía está llena de olores y sonidos, ¿hay algo animal en su sensibilidad?

-Hay algo animal en todos los seres humanos, lo que ocurre es que nos hemos querido olvidar de ello. Hemos considerado superior una facultad puramente instrumental: la mente, y así nos va.

-Publicó el pasado año, al tiempo, 'Hainuwele y otros poemas' y 'La tierra prometida'... En ambos la naturaleza palpita en el papel, pero en su anterior poemario 'Hilos' despoja de toda naturaleza la poesía para analizar todo pensamiento, ¿por qué ese ir y venir?

-Tiene razón, pero no es un ir y venir. 'Hilos' corresponde a una época de duelos que puso a prueba mi capacidad de observación. En los momentos de mayor tensión, la mente suele identificarse con lo que nos ocurre y hace falta poder distanciarse. Tanto 'Huso', libro en prosa que precede a 'Hilos' y le da pie, son una vuelta de tuerca de la conciencia en la observación de la propia mente.

-De 'Hainuwele' dice nunca haberse arrepentido de haberlo escrito, ¿qué relación le une al resto de sus títulos?

-En 'Hainuwele y otros poemas' están todos los textos que he salvado, de los poemarios anteriores a 'Matar a Platón'. La mayor parte de los escritos tiene fecha de caducidad y hay que saber prescindir de ellos sin pesar. Deberíamos considerarnos satisfechos si alguien recuerda un solo verso de entre los que hemos escrito. Y si eso ocurre, ese verso ya no nos pertenecerá.

¿Qué es lo que le da más miedo cuando aborda un verso?

-Nunca me ha dado miedo la escritura.

-¿Y lo que más le hace disfrutar?

-Cuando la voluntad (memoria o imaginación) deja de conducir a la escritura y ésta se traza a sí misma.

-Nació en Bruselas pero a los 13 años vino a vivir a España, ¿este viaje también supuso una migración hacia otra Chantal?

- Supongo que sí; hubo una ruptura difícil. Pronto saldrá editado 'Bélgica', unos cuadernos de retorno que narran los siete viajes que hice con el propósito de averiguar cómo adviene la memoria cuando caminamos en las propias huellas.

-En su obra poética la reflexión y el pensamiento se adueñan de la sensibilidad, ¿es posible hacer comprensible el alma humana?

-El pensamiento sin sensibilidad es pensamiento muerto y la sensibilidad sin pensamiento es sentimentalidad vacía. Solamente si estos dos ingredientes logran equilibrarse y se ponen en movimiento mediante la acción de un tercero puede mostrarse la naturaleza de lo humano.

-Hay una constante en que aparece en la mayor parte de su obra y es la presencia del dolor, ¿los versos supuran heridas o hacen soportable el mundo?

-Hacer que entre todos la existencia sea más soportable, éste es el empeño.

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